Elías, un profeta que estuvo totalmente entregado a la obra de Dios, en un momento de su vida se vio afectado por las situaciones que lo rodeaban. Un hombre que enfrento al rey Acab, que no tuvo miedo de estar ante 850 profetas, ahora se encuentra escondido por una amenaza que recibe de la reina Jezabel. Dice el texto que “…Él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.” 1 Reyes 19:4. Elías estaba con miedo porque pensó que estaba solo, y que no tenía a nadie más como él, que siguieran los pasos de su Dios. Pero en el versículo 18 Dios le dice que no estaba solo y que habían 7 mil rodillas que no se habían doblado para adorar a Baal. No solo en esta historia, sino que en muchas otras de la Biblia, encontramos el concepto de un grupo especial. Este pueblo separado por Dios es el remanente, del cual estaremos hablando a continuación.
El remanente siempre estuvo presente durante toda la historia del mundo. Dios siempre preservo un grupo de personas fieles que mantuvieran la adoración pura y verdadera. Desde Abraham, pasando por el pueblo de Israel, Daniel y sus amigos, los Valdenses, y finalizando con nosotros, los Adventistas del Séptimo Día.
Quizás nos podemos preguntar, ¿Cuántos tipos de remanente existen? La pregunta que hacemos nos lleva a investigar que cualidades debe tener el remanente, y sabiendo eso podemos responder si existe más de un remanente. Según Apocalipsis 12:17 y 19:10, podemos ver que el remanente debe tener el testimonio de Jesús, guardar los mandamientos y poseer el don del Espíritu de Profecía. Estas son las tres características esenciales que debe poseer el remanente. Pero sería interesante que podamos comenzar a ver qué significa cada uno de los términos que dicen los textos. Tener el testimonio de Jesús, es sin duda creer que el existe, creer que Él es el hijo de Dios que vino a morir por nosotros para darnos salvación. Guardar los mandamientos, se refiere a los mandamientos que Dios le entregó al pueblo de Israel, esos mandamientos que siguen en vigencia, porque Dios no cambia. Y el último punto, es el de poseer el don del Espíritu de Profecía. Que no solo se refiere a tener en sus filas un profeta o profetiza, sino el de tener la capacidad de interpretar correctamente las profecías dadas por Dios en su Palabra. Sin duda alguna lo vuelvo a mencionar, los Adventistas del Séptimo Día, somos el pueblo remanente de Dios en este tiempo. No hay ninguna otra denominación que cumpla con estos requisitos bíblicos para ser el remante de Dios aquí en la tierra. Creo y estoy seguro de eso. Esto no quiere decir que todo el que pertenece a la iglesia Adventista se salvará. La salvación nuestra siempre depende de nosotros y de nuestra relación con Dios. Pero el pueblo que tiene las características sin dudas es el pueblo Adventista.
El remanente de Dios debe ser un pueblo totalmente consagrado y que haga la voluntad de Dios en todo. Elena White dice lo siguiente: “El pueblo remanente de Dios debe ser un pueblo convertido. La presentación de este mensaje debe tener por resultado la conversión y santificación de las almas. El poder del Espíritu de Dios debe hacerse sentir en este movimiento. Poseemos un mensaje maravilloso y definido; tiene una importancia capital para quien lo recibe, y debe ser proclamado con fuerte voz. Debemos creer con una fe firme y permanente que este mensaje irá cobrando siempre mayor importancia hasta la consumación de los tiempos.”
Sin duda como pueblo de Dios debemos hacer lo mejor que esté a nuestro alcance, debemos asemejarnos a Él y llevar su evangelio de salvación a muchos de los que hoy se encuentran sin esperanza y que están sin saber de las verdades que la Biblia presenta. Es nuestro deber como remanente, ayudar en la predicación del evangelio y sembrar la semilla, para que cuando llegue el día en el que Dios llame a su pueblo, que está en Babilonia, lo podamos recibir.
viernes, 25 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
Un juicio favorable
Sin miedo al juicio, es un libro que me ha llamado mucho la atención. El autor es Roy Gane y al leerlo pude plantearme el tema del juicio de una manera distinta.
El pueblo de Israel tenía esta ceremonia una vez por año y era un momento de suma importancia ya que aquí se realizaba la expiación o limpieza del santuario. En este momento el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo y lo que hacía era colocar más sangre donde ya se había puesto sangre durante el año. La pregunta es ¿por qué tiraba más sangre en donde ya había? ¿Los pecados ya no habían sido perdonados?
Es un asunto interesante descubrir el por qué de esta situación. Primero tenemos que saber que cada día del año las personas sacrificaban corderitos por sus pecados y la sangre era llevada dentro del santuario para simbolizar el perdón. Este único día del año llamado día de la expiación o purificación del santuario se hacía lo mismo, se llevaba la sangre adentro del santuario y se la esparcía donde ya había sangre. Si es un día de purificación, lo correcto sería limpiar todos los lugares en donde había sangre, la cual había sido esparcida durante todo el año. El día de la expiación simbolizaba el día de la confirmación del perdón de los pecados de todo el pueblo, era el momento en el cual no se perdonaba a nadie sino que se aseguraba el perdón de aquello que fue confesado.
En el cielo también existe un santuario, en el cual Cristo está ministrando en él en este momento. Si Jesús que es nuestro sumo sacerdote está allí ahora, ¿Qué está haciendo? Sin duda lo está purificando. ¿Pero qué significa esa purificación? Este no es un momento en el cual Cristo está perdonando los pecados allí, sino que Él lo que está haciendo es la confirmación de los nombres de aquellas personas, que confesaron sus pecados y creyeron que por medio de su muerte en la cruz, encontrarían la salvación en Él. Cristo ya pagó y llevó nuestros pecados sobre Él cuando murió en la cruz, ahora se debe hacer un juicio en el cual se vea claramente quienes fueron los que creyeron en él e hicieron su voluntad. Simplemente es un hecho que confirma a los que serán salvos y a los que no lograrán la salvación.
Por lo tanto amigos, el juicio no debe ser un día de miedo para nosotros, sino de alegría, porque es aquí en donde Dios confirma que nuestro nombre estará escrito en el libro de la vida. Por eso confiemos en Jesús y dejemos que Él se haga cargo de nuestra vida.
El pueblo de Israel tenía esta ceremonia una vez por año y era un momento de suma importancia ya que aquí se realizaba la expiación o limpieza del santuario. En este momento el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo y lo que hacía era colocar más sangre donde ya se había puesto sangre durante el año. La pregunta es ¿por qué tiraba más sangre en donde ya había? ¿Los pecados ya no habían sido perdonados?
Es un asunto interesante descubrir el por qué de esta situación. Primero tenemos que saber que cada día del año las personas sacrificaban corderitos por sus pecados y la sangre era llevada dentro del santuario para simbolizar el perdón. Este único día del año llamado día de la expiación o purificación del santuario se hacía lo mismo, se llevaba la sangre adentro del santuario y se la esparcía donde ya había sangre. Si es un día de purificación, lo correcto sería limpiar todos los lugares en donde había sangre, la cual había sido esparcida durante todo el año. El día de la expiación simbolizaba el día de la confirmación del perdón de los pecados de todo el pueblo, era el momento en el cual no se perdonaba a nadie sino que se aseguraba el perdón de aquello que fue confesado.
En el cielo también existe un santuario, en el cual Cristo está ministrando en él en este momento. Si Jesús que es nuestro sumo sacerdote está allí ahora, ¿Qué está haciendo? Sin duda lo está purificando. ¿Pero qué significa esa purificación? Este no es un momento en el cual Cristo está perdonando los pecados allí, sino que Él lo que está haciendo es la confirmación de los nombres de aquellas personas, que confesaron sus pecados y creyeron que por medio de su muerte en la cruz, encontrarían la salvación en Él. Cristo ya pagó y llevó nuestros pecados sobre Él cuando murió en la cruz, ahora se debe hacer un juicio en el cual se vea claramente quienes fueron los que creyeron en él e hicieron su voluntad. Simplemente es un hecho que confirma a los que serán salvos y a los que no lograrán la salvación.
Por lo tanto amigos, el juicio no debe ser un día de miedo para nosotros, sino de alegría, porque es aquí en donde Dios confirma que nuestro nombre estará escrito en el libro de la vida. Por eso confiemos en Jesús y dejemos que Él se haga cargo de nuestra vida.
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